viernes, 3 de febrero de 2012

Políticas antiambientales

Por:  03 de febrero de 2012
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lrededores del campo de Dollow, en Somalia. Las históricas sequías han provocado el desplazamiento de centenares de miles de personas en la región. © UNHCR/S.Modola.

El nuevo equipo de gobierno ha entrado al trote cochinero ofreciéndonos tres de cal y una de arena. Si hace un par de semanas alabábamos el buen gusto de Mariano en la elección de los altos cargos de Cooperación, hoy hacemos saltar las alarmas con los planes de medioambiente. Los ministros Arias Cañete y Soria lideran una ofensiva que amenaza con devolver a España a la época del 'landismo' económico: ayudas al carbón, castigo a las renovables, expansión pesquera, desprecio climático, extractivismo hídrico... la lista de perlas con las que nos hemos ido desayunando en las últimas semanas parece no tener fin.

Para ser justos, el Ministro de Agricultura es un monumento a la coherencia política. Durante su anterior etapa en el ministerio (2000-2004), Miguel Arias Cañete dio voz a las posiciones más reaccionarias de la política agraria y comercial de la Unión Europea. Alineándose con Francia en la reforma de la PAC y en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio, el Gobierno español defendió un modelo de agricultura que insultaba los principios más básicos de equidad y sostenibilidad, por no hablar de su impacto en los países pobres.


En esta nueva etapa la letra ha variado, pero la música es la misma. Utilizando un concepto miope de crecimiento, el Gobierno del PP ha decidido renunciar a cualquier estrategia que no cambie en el plazo inmediato las cifras de paro y déficit público. Todo vale: dejar a un lado las energías renovables y apostar por el carbón; mofarse de los objetivos de reducción de emisiones a los que aspira la UE; o insistir en el uso intensivo de las maltrechos recursos acuíferos con los que cuenta España.

Por decirlo de forma simple, esta estrategia es como calentar la casa quemando los muebles. Consideren, por ejemplo, el desgraciado asunto de las renovables. Se trata de una ecuación definida por dos variables, la dependencia energética del exterior (que es de un 86%) y los compromisos vinculantes en materia de emisiones. Si tenemos que hacer caso al ministro Soria, las energías no contaminantes son un lujo caro para estos tiempos, así que es mejor echar mano del carbón para garantizar el suministro y paliar los efectos sociales de un posible cierre de esta industria decimonónica. 

Es un punto de vista. El otro es que no solo las renovables ofrecen un extraordinario potencial de empleo (300.000 puestos, según el Plan de Energías Renovables) y generación energética, sino que además contribuyen de manera determinante al cumplimiento de los compromisos climáticos y el sostenimiento de nuestros recursos naturales. Como señala un informe reciente elaborado por investigadores de la Universidad de Comillas y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, "en 2010 el déficit energético le costó a España 25.512 millones de euros, la mitad de nuestro déficit comercial, o un 1,76% del PIB". En vez de invertir en la rentabilidad de fuentes energéticas limpias y autóctonas, nuestro país apuesta por una fuente cara y contaminante y después se gasta 200 millones de euros al año en comprar derechos de emisiones a otros países. 

Son dos modelos muy diferentes: el del carbón, el autismo climático y la agricultura intensiva de regadío y subsidio; frente a las energías renovables, la eficiencia energética y el desarrollo rural. El del aislacionismo frente al de la responsabilidad global. Este Gobierno puede optar por el primero, pero que no nos cuente la milonga de la creación de empleo y los intereses económicos. El verdadero interés de España está en una política económica, medioambiental y energética que considere nuestra supervivencia a largo plazo. Y la responsabilidad consigo mismo y con el resto del mundo es cumplir la parte que le toca en un problema que está devastando ya los medios de vida de cientos de millones de personas.

Está muy bien que un gobierno sea tan serio como nos repite nuestro Presidente, pero además sería deseable que sea justo e inteligente.

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